Lars von Trier ha logrado con Anticristo crear una de las películas más interesantes de los últimos años y, probablemente, una de las más logradas de su nada desdeñable filmografía. Si bien es cierto que se trata de una película difícil de digerir, algo problemática en algunos tramos y engañosamente liviana en otros, el sacrificio -en el buen sentido del término- merece la pena. Lejos de ser una provocación sin fundamento, como muchos han afirmado e incluso tratado de argumentar, lo que el cineasta danés nos propone en esta ocasión es un reto que nada tiene que ver con el engaño deliberado al espectador. Lo que von Trier ofrece es lo que promete: un film de terror que consigue aterrar. Por este motivo, y teniendo en cuenta lo mucho que se ha escrito (y descrito) sobre el tercio final del largometraje y sus imágenes potencialmente hirientes para el espectador, resulta sorprendente que propios y extraños se empeñen en descalificar la cinta por el hecho de resultar angustiosa, asfixiante y terrorífica. Que el espectador continúe sintiendo revolverse su estómago una vez finalizada la proyección es buen síntoma, quizá no de su salud ni de la del propio director, pero sí de que la película ha cumplido su cometido. Por consiguiente, insisto una vez más, que se tache a Lars -esta vez acompañado de una chica de verdad, llamada Charlotte, y no de una actriz de plástico- de oportunista y farsante es, cuanto menos, ridículo. El espectador, pieza clave en este experimento cinematográfico, se haya expuesto a un horror creciente que busca herir sus sentidos, hasta ese momento intactos. Puede que la experiencia le resulte desagradable en ciertos momentos, pero, ¿acaso no es de agradecer sentirse, en cierto modo, agredido cuando se va a ver una película de este tipo? Al fin y al cabo, es lo que siempre ha perseguido tanto el cine como la literatura de terror: inquietar, asaltar y, finalmente, lastimar a aquel que ha osado adentrarse en ese jardín (en el caso que nos ocupa, se trata de un bosque llamado, no por casualidad, Edén).Sin embargo, aún manteniendo los esquemas más clásicos del cine de terror, Anticristo no es una película de género al uso. La pareja protagonista, excepcionalmente interpretada por Willem Dafoe y Charlotte Gainsburg, se halla inmersa en una situación que se adivina tortuosa y del todo destructiva. No voy a desvelar aquí detalles sobre la trama, puesto que mi intención al plasmar mis impresiones sobre esta obra nada tienen que ver con resumir el argumento de la misma. Sí diré, en cambio, que la historia es, más que cualquier otra cosa, un vehículo, un medio utilizado para alcanzar el fin descrito en el párrafo anterior. De hecho, la historia no es nueva, así como tampoco lo son los aconteceres históricos en que ésta se fundamenta para dar vida a lo que podríamos denominar una "fantasía realista". Lo mismo sucede con el resto de recursos, que no buscan ser más que los conjuros que, compenetrados, hacen posible este gran encantamiento. El uso de la banda sonora, plagada de sonidos desquiciantes y perturbadores, así como la inserción de secuencias que nos revelan las ensoñaciones -tremendamente misteriosas y fascinantes- de estos apesadumbrados personajes, nos van conduciendo, de la mano pero sin ejercer más fuerza de la necesaria, por ese mundo personificado en el bosque -el tercer personaje de esta historia- hasta llegar al infierno. Una vez allí, nos sueltan y, tras dejarnos entrever las atrocidades que se van a acometer, nos dan la oportunidad de huir de la sala y esquivar, al menos de momento, el averno.
Dividida, como Dogville (2003), en cuatro capítulos, a los que hay que sumar un prólogo y un epílogo, la película posee un inicio que, además de hermoso y bien filmado -en un deslumbrante blanco y negro-, aporta una información valiosísima que sólo podremos apreciar debidamente una vez haya concluido la película; de ahí la importancia de mantenerse en la sala hasta que se enciendan las luces. Así, del mismo modo que el prólogo satisface plenamente su función en el conjunto de la obra, los diferentes bloques, perfectamente hilados y bien encaminados, conforman un todo en el que cada plano refuerza esa idea que late de fondo cada vez con una mayor cadencia pero sin cometer el error de resultar vertiginosa y, como suele ser frecuente, disparatada. Porque, y retomo una idea antes sólo insinuada, el último tramo de Anticristo no es el disparate que prometían las primeras críticas (ni las más recientes). El último capítulo, en el que sucede, como diría el personaje literario de moda, "todo lo malo", pone fin -de forma bastante previsible, por cierto- a una historia que no podía finalizar de otro modo ni, desde mi punto de vista, mejor. Quizá sí de forma menos explícita, menos hiriente; una decisión que, sin duda, habría afectado negativamente al sentido de la misma. Si la película funciona tan bien es, precisamente, porque logra superar los límites que otras obras suelen autoimponerse.
